CONAMUCA
 
   
   
   
     
     
     
     
 
Con nuestra lucha
Florece la Esperanza...!
 
 Confederación Nacional de Mujeres Campesinas
 
 


Florinda Soriano (Mamá Tingó)
Mártir Campesina

Cerca de Yamasá hay una sección llamada Hato Viejo. Hace muchos años, más de cincuenta, llegó Don Polo a esas tierras que entonces eran monterías. Sólo había puercos jibaros.  Don Polo y los otros colonos comenzaron a poner trampas para los animales, a fundar las primeras casas del paraje y a trabajar duramente la tierra.

Corrían los años treinta.  Los hijos de Don Polo ya estaban mayores. Felipe, uno de ellos, se enamoró de una muchacha de Villa Mella, llamada Florinda.  Felipe y Florinda se casaron en Hato Viejo y Don Polo les puso un fundo para ellos.

Florinda era fuerte, morena y animosa.  Desde el comienzo trabajó la tierra con sus propias manos. Junto a su marido sembró la yuca, plátanos, gandules, naranjas… De ese joven matrimonio nacieron 10 diez hijos, aunque sólo siete sobrevivieron. A Florinda sus vecinos y familiares la llamaban Tingó.

Tingó era muy religiosa. Todos los años estaba dispuesta para subir al Santo Cerro. Cuando salían del pueblo Tingó comenzaba a entonar salves. Y no se callaba hasta llegar a los pies de la Virgen.

Era una mujer muy alegre. Cuando las mujeres estaban trabajando la tierra, Tingó encabezaba los versos… Retozaba con todos y daba mucho ánimo a sus compañeras.

Cuando quedó viuda, Doña Tingó seguía fajándose con la tierra. Iba delante de todos, con su machete y con la ilusión de dejarles a sus hijos un futuro mejor.

Mientras tanto, en la capital se compraban y vendían las tierras de Hato Viejo. Y se recompraban y se revendían.

Doña Tingó, estaba muy consciente de los problemas campesinos.  Por eso se sumó a las filas de las Ligas Agrarias Cristianas (FEDELAC).  Siempre fue una líder respetada y querida en su comunidad.

A principio del 1974, llegó a la sección un terrateniente llamado Pablo Díaz.  Llegó y le echó alambre a todas esas tareas diciendo que eran suyas. Trancó los conucos, metió tractores para revoltear la cosecha de los vecinos y quiso forzar a los campesinos a firmar la venta de sus tierras e irse de allí.

Doña Tingó dijo que no. Los vecinos dijeron que no. Y comenzó la zozobra. Policías y los capataces del terrateniente salían voceando y disparando al aire.  Noche tras noche iban a casa de Doña Tingó y le gritaban: “¡Que salga la bruja Tingó, la agitadora!”.

Pero ella no se acobardaba y respondía: “Estas tierras me la dio Dios y Don Polo. Para quitarme la tierra tienen que quitarme la vida. Porque mi vida es mi tierra”.

Entonces el terrateniente logró que metieran presos a los hombres que seguían sembrando yuca en la tierra que él había sembrado de alambres. Y logró que metieran presas a varias mujeres que siguieron el ejemplo de los hombres. Entre ellas Doña Tingó. Los policías la golpearon. Los capataces le prepararon una soga para ahorcarla.  Le pasaron un  ramo picante por el cuerpo. Pero ella era más dura que un mortero.

“No firmaré.  Estas tierras son nuestras”, decía. El primero de Noviembre del 1974 era la causa en Monte Plata contra los campesinos de Hato Viejo.  Doña Tingó asistió y puso un expediente contra Pablo Díaz. Pero el terrateniente no se presentó. Estaba ocupado en otra cosa…

Cuando Doña tingó regresó a su casa y abrazó a sus hijos, estos le dijeron que “Turín”, el capataz de Pablo Díaz, había estado mochando la soga de los puercos, en su conuco.  Doña Tingó dejó a su familia cenando en la cocina y se acercó al lugar para amarrar sus animales. Escondido, como los cobardes, estaba “Turín” con una escopeta. Y tiró contra ella. Y tiró una segunda vez para rematarla. Y allí quedó tendido el cuerpo de Doña Tingó con sus  58 años de afanes y de lucha.

Sus hijos salieron corriendo al oír los disparos, pero ya el asesino había escapado. El viejo Don Polo corrió también, creyendo que le habían tirado a los pájaros. Pero se encontró a  Tingó, a su hija Florinda, caída en la tierra.

La lloraron mucho sus vecinos. Mucho rezaron por ella. Un hombre de la comunidad de lamentaba:“Cayó la Mamá de toditos nosotros…Cayó también Hato Viejo”

No, compadre, no lo crea.  Porque la sangre de Tingó será fecunda.  Esa sangre grita desde la tierra como la sangre de Abel acusando a Caín.  Esa sangre será la mejor semilla que Tingó sembró en Hato Viejo.

Doña Tingó: Seguiremos sembrando justicia en el surco que tú nos abriste.

Doña Tingó, mártir campesina: No te olvides de rezar desde el cielo por todos tus compañeros, los hombres y mujeres del campo dominicano.

 
 
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